Historias

Siete décadas al pie del Reloj: William Escalona, el guardián de la chicha que alimenta el alma ucevista

Puesto de Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.William Escalona, chichero de reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El UcevistaWilliam Escalona, chichero de reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista

Hay aromas que definen a una institución con tanta fuerza como sus propios muros. En la Ciudad Universitaria de Venezuela (UCV), esa obra maestra de la arquitectura moderna declarada Patrimonio de la Humanidad, el viento que baja por los pasillos cubiertos suele mezclarse con un perfume inconfundible. 

El dulzor espeso del arroz, la vainilla y un sutil toque de nuez moscada. Al pie del emblemático Reloj de la UCV, la historia no solo se mide en las manecillas del tiempo, sino en los vasos de chicha que, desde hace más de medio siglo, sirven de combustible sentimental para generaciones enteras.

Detrás del mostrador se encuentra William Escalona. Con una sonrisa perenne y el trato cálido de quien ha visto pasar a media Venezuela por su ventana, William lleva 31 años al frente de un puesto que es, en realidad, un legado familiar.

"Este puesto lo comenzó mi papá cuando estaban construyendo la Universidad Central de Venezuela en los años 50", relata con orgullo.

Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.
Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.

Su padre, Carlos Escalona, llegó a estas tierras cuando el concreto aún olía a obra nueva, vendiendo chicha a los obreros que levantaban el sueño de Carlos Raúl Villanueva. Años más tarde, un permiso avalado por el Consejo Universitario fijó la tradición al pie del monumento más famoso del campus.

Hoy, los números cuentan una saga de constancia, su padre estuvo al frente durante 43 años, y William lleva exactamente 31, el mismo tiempo que su progenitor partió. Entre los dos suman más de siete décadas endulzando la vida universitaria.

Madrugadas frías para una chicha fresca

Para que la magia ocurra bajo el sol de Caracas, la jornada de William comienza cuando la ciudad aún duerme profundamente. Su despertador suena implacable a las tres y media de la mañana.

Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.
Chicha del reloj de la Plaza El Rectorado de la UCV. Foto: Mario Flores / El Ucevista.

Abrigado contra el clima fresco de El Junquito —donde reside en el kilómetro 7—, sale de casa rumbo a la penumbra a eso de las cuatro y diez. A las cuatro y media en punto, ya está pisando el suelo de la UCV para encender los motores de la faena diaria.

"Yo hago la chicha para el día, ya que venga fresca; o sea, no se hace de un día para otro" , explica sobre su estricto estándar de calidad.

El ritual es artesanal y paciente: el arroz se remoja, se muele y se cocina con esmero. Una vez frío, se le incorporan el azúcar, la leche completa, la vainilla y ese sello secreto de la casa, la nuez moscada.

A las seis de la mañana, un aliado de confianza lo transporta desde la montaña hasta el campus, mientras el proveedor del hielo arriba puntualmente a las seis y media. Todo está sincronizado como un reloj suizo para recibir a los primeros madrugadores de la comunidad universitaria.

Más que un negocio, una gran familia

Lejos de ser una rutina pesada, para William cada jornada es un espacio de comunión. Por su ventanilla desfilan estudiantes con libros bajo el brazo, profesores con maletines cargados de ideas y empleados que buscan un respiro a mitad de mañana.

"El trabajo es muy dinámico, muy ameno, porque tú conversas con el cliente (...) Es algo muy ameno, que te llena mucho, por la relación que hay con la comunión universitaria", confiesa con una naturalidad que desarma.

Ese calor humano ha convertido su puesto en un epicentro de anécdotas incomparables. Por allí han pasado figuras de la vida nacional, personajes de la cotidianidad, artistas y políticos. William recuerda con especial cariño al inolvidable poeta Rosa Marcano y los momentos memorables vividos en el Aula Magna, como aquel homenaje por los 70 años de Zapata, donde compartió con íconos del humor y la cultura como Garrotelo Bracho, Furcholas y Wilmer Ramírez.

Lo fascinante del puesto al pie del Reloj es que, por más personalidades públicas que desfilen, la sencillez sigue siendo la norma. Aquí no hay ínfulas ni distancias. Y si a algún estudiante le faltan diez o veinte bolívares para completar el pago, la respuesta de William es siempre la misma.

"Te lo tomas y la pagas después". 

Bajo su custodia, nadie se va de la UCV sin su chicha.

Entre risas, charlas y vasos bien fríos, William Escalona sigue escribiendo con azúcar e historia las páginas más entrañables de la universidad, demostrando que los verdaderos monumentos de una casa de estudios no son solo de concreto, sino de la gente que les da vida todos los días